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DE SPHÆRIS La cultura astrológica viva |
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Del caos original a la obra solar DAMO |
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El conjunto de los seres vivos de la superficie de nuestro globo perciben la energía emitida por el Sol y los planetas no sólo según la distancia que nos separa de estos últimos sino también conforme al ángulo que corresponde a sus posiciones en el espacio.
Si materializamos mentalmente estos flujos energéticos, podríamos considerar que se cruzan rayos desde ángulos diferentes: la astrología los denomina “aspectos”.
En cuanto a la astronomía, no aborda la cuestión desde el mismo… ángulo. Esta noción de aspecto no aparece ya que, finalmente, lo único que va a importar es la posición del planeta o una de las luminarias. |
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Sumario
Traducido del francés por Lucrecia Insúa |
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"Two planets", Jorik de Beer, Flickr |
Artículo aparecido en francés en "Urania Magazine", n°19
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La noción de posición se tornará más importante en la exploración espacial donde por lo general las trayectorias de las sondas se calculan con el fin de utilizar lo mejor posible las fuerzas gravitacionales de los planetas para acelerar la nave espacial: se trata de la técnica del rebote gravitacional. Esta técnica se utilizó a partir de la epopeya fantástica de las sondas Voyager I y II que, gracias al excepcional acercamiento planetario de los años 80 pudieron ganar una decena de años al tiempo que normalmente hubiera sido necesario para pasar revista a Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. El único que escapó al ojo escudriñador del Voyager II fue Plutón, que en ese período se encontraba en el interior de la órbita de Neptuno.
La ley de Titus-Bode
Sin embargo, mucho antes de la era espacial, la ubicación de los planetas y su disposición dentro del Sistema solar fueron objeto de trabajos importantes que llevaron a los investigadores a hacerse preguntas sobre la armonía de esta disposición. Así, en 1771, el físico alemán J. D. Tietz, conocido como Titus, propone un modelo que explica la distancia de los planetas en relación al Sol. Para él, no existe duda alguna de que los planetas están organizados dentro del Sistema Solar conforme a una progresión geométrica que se expresa a continuación:
Según Titus, el resultado es la ley de disposición de los planetas dentro del Sistema Solar que describe así y donde cada término representa la posición de un planeta:
Según Titus, el resultado es la ley de disposición de los planetas dentro del Sistema Solar que describe así y donde cada término representa la posición de un planeta. Titus será seguido en este camino de investigación. Deberemos esperar algún tiempo hasta que uno de sus compatriotas, el astrónomo Bode, retome sus resultados y los haga conocer. Hoy en día, esta ley de distribución se conoce como Ley de Titus-Bode y, teniendo en cuenta que fue establecida a partir de la observación y el cálculo en el siglo XVIII, es notable. En efecto, en ella vemos comparadas término a término las posiciones de los planetas conocidos en la época (y, por extrapolación, de todos los que conocemos en la actualidad) según la Ley Titus-Bode y las mediciones hechas gracias a los instrumentos de observación modernos y a la exploración espacial. La unidad de referencia es la distancia Tierra/Sol, o sea, aproximadamente 150 millones de kilómetros (equivalente a 1 unidad astronómica, UA).
No podemos menos que admirar la correlación entre estos resultados, sobretodo hasta Urano: la Ley de Titus-Bode plantea sin embargo tres preguntas:
Estas preguntas no carecen de interés a la luz de los conocimientos actuales. En efecto, no existe planeta alguno entre Marte y Júpiter y existe una razón para ello…Los efectos de las mareas gravitacionales jupiterianas son tan intensas que siempre impidieron que algún planeta pudiese encontrar cohesión en esta parte del Sistema Solar. Sin embargo, este planeta o, mejor dicho, los elementos que podrían haber servido a su formación existen en el lugar justo entre Marte y Júpiter. Se trata de la cintura de asteroides... |
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Sombra y caos... |
Poco de azar, más bien una necesidad... |
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El enigma planteado por las inconsistencias existentes para los planetas Neptuno y Plutón persiste. Si estamos atentos a los resultados, parece que la distancia de Plutón al Sol (39.5 UA) es muy cercana al valor establecido por la ley Titus-Bode para Neptuno (38.8 UA). De ahí, Plutón tiene una órbita singular que lo lleva regularmente al interior de la órbita de Neptuno. Es por eso que en la epopeya de los Voyager, las sondas no pudieron sobrevolar Plutón ya que éste se encontraba efectivamente más cerca del Sol que de Neptuno en ese período. Órbita bastante extraña, que ciertas hipótesis actuales explicarían mediante el escenario a continuación.
Plutón sería de hecho un antiguo satélite de Neptuno cuyo sistema habría sido perturbado por una colisión con un planetoide importante. Plutón y Caronte (cuya relación masa/diámetro es excepcional junto con la de la Tierra y la Luna) habrían sido eyectados de la zona de influencia gravitacional de Neptuno hacia las profundidades del Sistema Solar. Esta hipótesis de la colisión estaría respaldada por la órbita extraña de Plutón que lo volvería periódicamente cerca de su antigua morada, pero también por la órbita caótica del satélite más cercano de Neptuno, Tritón. De hecho, es posible que en el orden original Plutón no fuera más que un satélite de Neptuno y que las posiciones orbitales hayan sido modificadas por un cataclismo planetario. |
Así, la respuesta a las aberraciones de los últimos términos de la Ley de Titus-Bode se encuentra quizá en una catástrofe que modificó el orden original. Porque es un hecho incontestable que se trata de un orden. La distribución de los planetas alrededor del Sol no tiene nada de milagroso sino que corresponde a las leyes de la atracción universal y de la mecánica celeste. Por otra parte, es muy probable que si existen otros sistemas planetarios alrededor de otras estrellas, la ley de distribución de estos planetas será bastante cercana a la de nuestro sistema. Lo que el hombre trató de reencontrar después de siglos, es la clave de este orden. Hoy en día, el mensaje está descifrado. Sin embargo es apasionante ver cómo, confiándose a la lógica matemática y la armonía de los números, Titus y Bode supieron encontrar esta clave de manera ingeniosa. Ahora bien, las posiciones o aspectos no se declinan exclusivamente numérologicamente. La posición y composición de los planetas de nuestro Sistema Solar y la historia de su formación conllevan otro mensaje. Un mensaje que concierne directamente al Ser Humano en su esencia y en su evolución, un ser salido de la luz y que más allá de todos sus errores, retornará a ella. |
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Iniciación: la epopeya humana en nueve planetas...
En toda historia hace falta un comienzo y he aquí los términos que convergen. Comienzo o iniciación, la historia que comienza en un brazo de nuestra Galaxia hace 4.5 miles de años dan un sentido pleno a cada uno de sus planetas. Todo empieza en el silencio del vacío intersideral. Una nube de gas y polvo gira sobre sí misma, cada vez más rápido hasta el relámpago inicial. Nace una estrella, nuestro Sol. Ella arrastra en su ronda naciente polvos y partículas, así como gas. El mito solar, en todos los tiempos y según todas las civilizaciones, ha sido evocado por los seres humanos y hace falta mostrar cuánta similitud guarda con la distribución de nuestro Sistema Solar y este recorrido del Ser en el Camino de la Luz. El residuo de polvos y gas poco a poco van a organizarse alrededor de la estrella naciente y formando los planetas cuyas fracciones pesadas (materia) y sutiles (gas) serán muy diferentes en función a su distanciamiento del Sol y de la temperatura del espacio en el que fueron creadas. Si observamos desde el planeta más próximo a la luminaria hasta el más alejado, la fracción pesada y la fracción sutil – de alguna manera una morfoscopía planetaria – notamos que se dibuja de forma absolutamente clara la evolución del hombre y su conciencia.
De la densidad de la materia mercuriana a la conscienca terrestre
Muy cercano, Mercurio es un planeta de dimensiones pequeñas, denso, muy denso, con un núcleo excesivamente pesado de hierro y níquel (5.4 según la unidad de referencia que es el agua) y una atmósfera prácticamente inexistente. Mercurio está sujeto al fuego en su cara que mira al sol o expuesto al frío intersideral en su hemisferio opuesto, sin matiz. Simbolizando perfectamente la materia pasiva, Mercurio no deja de hacernos pensar en el Ser Humano en su primer estadio, ocupado enteramente en las preocupaciones del mundo material, en la supervivencia. El Ser Humano apenas salido del mundo animal está anclado a la tierra. Sufre el mundo que lo rodea, de forma un tanto parecida a en la que Mercurio sufre el frío y el calor, con una conciencia muy tenue… casi tanto como la débil atmósfera mercuariana. Sin embargo, el tiempo pasa y el hombre progresa. Su dominio se amplía así como su visión del mundo. Comienza a domesticar su territorio, a moderar su instinto. Este período de adaptación está expresado por el planeta Venus. Casi tan vasto como la Tierra por sus dimensiones y menos denso que Mercurio (5.1,) Venus es el Hombre potencial, aquél en el que se esboza el Hombre en camino hacia el Ser consciente. Venus también se quema por el Sol. Sin embargo, su volcanismo paroxístico le permite fabricar una atmósfera intensa que va a morigerar los efectos del Sol. Intento poco hábil: la atmósfera venusina es densa, demasiado densa. Induce efectos de sierra que aumentan más aún la sensación de ahogo que las lavas de sus entrañas no hacen sino alimentar. En Venus, todo es calor y brumas. El aire es allí tan denso que los paisajes que se ven a través aparecen como espejismos trasnochados. La conciencia del Ser se despierta dulcemente. Sale del espejismo de su noche y sin embargo todo es todavía tan endeble…
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Finalmente, el Ser Humano está de pie, ya sea en sentido literal, figurado o simbólico. Su conciencia crepuscular hizo lugar a la luz. Finalmente la atmósfera es clara y respirable. El hombre puede mirar y ver la realidad tan lejos como llegue su mirada en el horizonte. Con el planeta Tierra, abordamos este mundo de la conciencia que concierne de manera muy evidente la materialidad así como también una mirada nueva: la imaginación, la posibilidad de conceptuar fuera de todos los modelos, de todas las referencias. Es el acceso al mundo de los arquetipos y símbolos. Y por primera vez en el cielo de uno de los planetas que hemos citado hasta el presente se eleva un satélite y no se trata de cualquiera sino de: la Luna La Tierra y la Luna forman un dúo excepcional dentro del Sistema Solar con motivo de sus respectivas dimensiones. El diámetro de la Luna representa un cuarto del de la Tierra, lo cual está totalmente fuera de las normas, salvo por el último planeta de nuestro Sistema, Plutón, lo cual no carece de significado tanto para una como otra combinación.
La Luna es enorme dentro del cielo de la Tierra. Es un llamado a la elevación del cuerpo y a la toma de conciencia del alma, un llamado a la reflexión. El papel desempeñado por la Luna es primordial en la vida de la Tierra. Sin su presencia, los climas, las mareas, los días de la Tierra así como la forma de nuestro planeta se modificarían. El hombre que tomó conciencia de la existencia de su alma jamás volverá a ser el mismo. Sin embargo, él no sabe todavía que explorando el camino de su alma, parte al reencuentro con su espíritu ya que el astro de la noche refleja la luz dispensada por el astro del día.
La Tierra: planeta moderado entre todos los demás, donde las estaciones aportan una luz y un color diferente, donde el agua conoce por primera vez todos los estados: líquido (poder disolvente), sólido (poder cristalizante), vapor (poder sublimante). El Ser humano también posee en esta etapa todos estos poderes que podrá experimentar ya que él tiene de la misma manera un libre arbitrio. La Tierra es planeta de experimentación y de realización para el Ser conciente.
Ni bien el alma haya despertado dentro del Ser en el plano terrestre, no existe duda alguna de que la experimentación se continúa esencialmente en el terreno material. El Hombre va a cultivar su tierra, conquistar la de su vecino, elevarse en la escala social, acumular riquezas. Es más importante el Parecer que el Ser. Tanto tendrá que conquistar el Hombre, que no podrá encontrar sosiego. Sin embargo, ¿qué quedará una vez que lo que llamamos apetitos terrestres hayan sido saciados?
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Desintegración |
La vía real |
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Ya sea que el Hombre lo quiera o no, la Luna brilla por encima de él. Ahora que ha conquistado todo, se encuentra frente a otro sí-mismo que debe tener el rostro del planeta Marte, cuarto planeta del Sistema Solar. Marte tiene un diámetro equivalente a la mitad del de la Tierra, así como el Hombre no ha desarrollado sino la mitad de sí mismo. Se privilegió lo material en desmedro de lo espiritual, el desequilibrio está consumado. Antes, Marte tenía una atmósfera que se fugó a través del espacio intersideral. No queda más que una tierra árida y muerta en la que amplios ríos secos atestiguan un potencial que se desvaneció. El agua en Marte no existe hoy en día más que bajo la forma de hielo, solidificada y fría, a la espera de que el Sol le devuelva un poco de vida.
La alegoría resulta clara. El Hombre que conoció todas las alegrías terrestres también está solidificado, a la espera. Desde luego, algunas veces percibió los llamados de este ser interior pero los desoyó y guarda de ellos heridas secretas y profundas, al igual que Marte guarda una inmensa y profunda cicatriz a lo largo de su ecuador, allí donde volcanes que podrían haberle devuelto un poco de atmósfera empujaron bajo la superficie pero se apagaron con el fuego interior del planeta. Enteramente al igual que Marte, el Ser se encuentra aquí al límite de la ruptura. El mundo de la materia, el mundo material no podrá aportarle nada más. Ahora llega el tiempo de liberarse del yugo.
La implosión que se produce en este momento deja al Ser aparentemente desintegrado. La personalidad que había conocido hasta ahora vuela en pedazos, se encuentra tironeado entre lo material y lo espiritual, al igual que los fragmentos de la cintura de asteroides entre Marte y Júpiter que atestiguan lo que podría haber sido un planeta telúrico pero que las fuerzas de marea de Júpiter dislocaron. |
Sobrepasado este tope, el camino del Ser jamás volverá a ser horizontal sino vertical. Arranca a partir de Júpiter su ascenso hacia la luz. Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno, los cuatro planetas reales… En estos cuatro, la fracción materia es mucho más débil que la sutil. Todos ellos son planetas infinitamente ligeros, compuestos esencialmente por gas, con un núcleo del tamaño de la Tierra pero que – en proporción a su diámetro – es muy pequeño (de 50.000 a 14.000 Km.). De la misma manera, el Ser se despoja cada vez más de la materia y comienza a irradiar su propia luz.
Llegó el momento de restituir, de compartir con el prójimo, lo que se acumuló hasta aquí. Y, extrañamente, a partir de Júpiter y hasta Neptuno, los planetas van a irradiar más energía que la que reciben del Sol, lo cual hizo que durante mucho tiempo los astrofísicos pensaran que estos planetas eran en realidad “estrellas fallidas”, no lo suficiente masivas como para iniciar un proceso termonuclear. Estos “pequeños soles fríos” constituyen la marca de un enfoque distinto de la dimensión del espíritu. Así como el Sol, Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno tienen un cortejo de pequeños planetas-satélites que gravitan a su alrededor, como un anillo que cada uno lleva como recuerdo de una antigua alianza con la materia o como la promesa de una boda cósmica. |
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La obra solar |
Polvo eres... y luz |
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Queda poco camino a recorrer ahora que el Ser se reintegra completamente con su dimensión cósmica. Sin embargo, aún lo acecha una prueba. Está representada por la incursión periódica de Plutón dentro de la órbita neptuniana. Plutón, guardián del infierno y guardián del Umbral… Es muy posible que en los mismos inicios de su historia Plutón y su satélite Caronte hayan sido satélites de Neptuno. De forma simbólica, podemos considerar a Plutón como una emanación del sistema de Neptuno. Así, Plutón es nuevamente un planeta telúrico congelado, con una atmósfera en extremo tenue que se espesa a medida que el planeta se acerca al Sol al entrar en la órbita neptuniana. En el cielo de Plutón, el satélite Caronte es enorme y aparentemente inmóvil, solidificado como un reproche eterno. Aquí no es cuestión de que el ser que ha despertado se sumerja de nuevo en la materia sino más bien de que se despoje de sus últimas angustias y últimas amarras antes de liberarse en forma definitiva de la ambivalencia aparente materia/espíritu y partir hacia el espacio infinito. Porque Plutón es la puerta de nuestro Sistema Solar. Es el último de los grandes planetas “construidos”. Los seis pequeños cuerpos helados más allá de él no son más que planetoides de dimensiones débiles que forman parte de un cinturón probablemente extendido cuya existencia fue predicha por el astrónomo Kuiper. |
"Colorful universe" par Ryan Schultz sur Flickr |
Así, los planetas del Sistema solar nos cuentan la aventura humana, el Camino que lleva a Sí Mismo. Surgidos de la explosión de una estrella naciente hace 4.5 millares de años, estos planetas están compuestos por exactamente los mismos elementos que el Sol. Hoy, se encuentran en la mitad del recorrido de su existencia. Dentro de 5 millares de años, el Sol vendrá a reclamar lo que se le debe. Convertido en gigante rojo, reabsorberá en su seno todos sus planetas antes de desaparecer a su vez, eyectando materia y gas a través de la inmensidad galáctica. Sin embargo, este camino que parece detenerse para nuestro Sistema Solar dentro de cinco millares de años, todavía es sólo una etapa entre una infinidad de otras por venir. Esta misma materia, este mismo gas serán a su vez retomados algún día por los torbellinos de la gravitación, hasta que una nueva luz se encienda en la noche, otra estrella, otra promesa. |
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Artículo publicado en Sphæris N°15, el 20 de noviembre de 2008 a las 21h19 GMT - Lille 003°E03' / 50°N38' Derechos de autor imágenes © 2008 Météores, Jorik de Beer, Flickr - Reservados todos los derechos Informations juridiques et copyright
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